Mi vida puede estar organizada, en gran medida, alrededor de aquello que temo. A veces creo que estoy eligiendo lo que quiero, cuando estoy intentando asegurarme de que no ocurra lo que me asusta.
Por miedo a mostrarme débil, busco controlar. Por miedo a la intimidad, mantengo la distancia. Por miedo a someterme, intento dominar. Por miedo a ser ordinario, trato de ser especial.
Puedo pasar mucho tiempo defendiendo una imagen de mí mismo sin detenerme a mirar qué estoy protegiendo. ¿Qué temo perder cuando necesito tener razón, cuando no puedo mostrar mi incertidumbre o cuando alguien deja de verme como yo quisiera?
Hay algo que me inquieta en soltar esa imagen. Anhelo descansar de tener que ser alguien y, al mismo tiempo, temo no saber quién soy sin ese esfuerzo.
Cuando el miedo toma la forma de una anticipación, la memoria le presta imágenes y el pensamiento construye un futuro. Lo que todavía no está ocurriendo empieza a ocupar mi experiencia presente. Resolver una preocupación no siempre termina con ese movimiento: a veces aparece otra y vuelvo a buscar garantías.
¿Qué sucede si, por un instante, no continúo la historia y atiendo a lo que siento?
Quizá encuentre presión en el pecho, un nudo en el vientre, calor o temblor. El miedo tiene ahora una expresión concreta. Puedo sentirla sin saber todavía qué significa ni exigirle que desaparezca.
La sensación puede seguir siendo intensa. Escucharla no garantiza que se calme. Pero quizá pueda dejar de añadirle, durante un momento, la urgencia de corregirme por sentirla.
Con el dolor físico o emocional puedo explorar algo parecido: distinguir lo que duele de todo lo que digo acerca de ese dolor. «Esto no debería pasarme». «No voy a poder». «Siempre será así». Reconocer esas frases como pensamientos no vuelve irreal el dolor; puede dejarme más espacio para sentirlo y atender lo que necesita cuidado.
No necesito llamar «malo» a lo que siento ni convertirlo en una definición de quién soy. Tampoco necesito encontrarle una enseñanza. Puedo reconocer que duele, buscar ayuda cuando la necesito y observar qué ocurre sin decidir de antemano cómo debería ser.
Cuando toda mi atención está dedicada a conseguir placer y evitar dolor, apenas queda espacio para conocer mi experiencia. Hasta la escucha puede convertirse en otro intento de dejar de sentir.
¿Puedo estar un instante con lo que hay, sin hacer de ese instante una prueba que deba superar?
Amor
Carles
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