Podemos pasar muchos años aprendiendo a desenvolvernos en el mundo y continuar sintiendo que la vida es algo que debemos mantener bajo control. Aprendemos a anticipar, a protegernos, a buscar reconocimiento y a evitar aquello que nos duele. Estas formas de responder tienen una historia: se han ido configurando en nuestra familia, en nuestras relaciones y en las circunstancias que nos ha tocado vivir.
Algunas nos han ayudado a encontrar nuestro lugar. Pero pueden seguir actuando cuando la situación ha cambiado. Entonces respondemos a lo que ocurre desde lo que ya conocemos, sin advertir cuánto de nuestra respuesta pertenece al pasado.
Desde Presencia Biodinámica®, investigamos la madurez como una apertura que permite reconocer esos movimientos sin quedar completamente encerrados en ellos. A esa apertura podemos llamarla expansión.
La palabra no señala que tengamos que agrandar algo dentro de nosotros. Describe la posibilidad de vivir sin sentirnos permanentemente recluidos detrás de una frontera, observando un mundo del que estamos separados.
Un sonido, el contacto de una mano, la luz de la habitación o las palabras de otra persona forman parte de la experiencia que está ocurriendo. Cuando hablamos de un cuerpo expandido, nos referimos a esa totalidad sentida. El cuerpo anatómico conserva sus límites y sus necesidades; la experiencia, sin embargo, incluye también aquello con lo que estamos en contacto.
Podemos tomar la primera infancia como una imagen para acercarnos a esta propuesta: una vida que todavía no está organizada alrededor de una historia elaborada sobre quién soy. No sabemos con precisión cómo vive un bebé esa
experiencia. La imagen nos sirve para plantear una diferencia: la apertura de la que hablamos en la madurez incluye el reconocimiento consciente y todas las capacidades desarrolladas al crecer.
Madurar no exige deshacer el camino recorrido. Podemos conservar la capacidad de diferenciarnos, pensar y actuar, sin que esa diferenciación se convierta en una separación rígida.
Presencia Biodinámica® · La madurez 1
El lugar de la mente adquirida
La mente adquirida nos permite nombrar, recordar, aprender, organizar una formación o prever las consecuencias de un acto. Todo ello pertenece a la vida y tiene una función.
La dificultad aparece cuando confundimos su representación con la totalidad de lo que sucede. Alguien guarda silencio y pensamos que nos rechaza. Sentimos una contracción y concluimos que algo va mal. Recordamos una experiencia dolorosa y damos por hecho que volverá a repetirse.
La interpretación puede ser acertada o equivocada. Mientras no la reconozcamos como interpretación, apenas queda espacio para descubrir algo distinto.
Por eso, acercarnos a la experiencia antes de nombrarla no requiere eliminar el pensamiento. Podemos sentir un contacto y reconocer también las palabras que aparecen. El nombre ayuda a orientarnos, pero no termina de decirnos lo que ese contacto es.
La madurez permite que el conocimiento siga disponible y, al mismo tiempo, permanezca abierto a lo que todavía no sabe.
La elección y el control
Solemos vivir como si fuéramos los autores independientes de cada intención. Sin embargo, no escogemos de antemano qué idea va a aparecer, qué nos conmoverá o qué deseo surgirá.
Elegimos de una carta que no hemos escrito por completo. Nuestra historia participa tanto en las opciones que reconocemos como en nuestras preferencias. Incluso el impulso de cambiar aparece en unas circunstancias determinadas.
Esto cuestiona la imagen de un yo que dirige la vida desde fuera de ella. Lo que llamamos «yo» también está sucediendo: las dudas, los pensamientos, los aprendizajes y las decisiones forman parte del mismo acontecer.
En lo funcional seguimos valorando posibilidades y respondiendo por nuestros actos. Podemos rectificar, pedir perdón, aprender a hacer algo de otra manera. Reconocer que no tenemos un control absoluto no elimina esas capacidades.
Lo que podemos investigar es la exigencia de gobernarlo todo. Si ese poder existiera, bastaría decidir estar siempre felices, no sentir miedo o no enfadarnos. Nuestra experiencia muestra que los sentimientos no obedecen así. Aun cuando no podamos elegir lo que aparece, puede haber aprendizaje en cómo respondemos.
La mente adquirida participa en esa respuesta. No necesita atribuirse la propiedad de todo el movimiento.
Presencia Biodinámica® · La madurez 2
Aceptar y actuar
Aceptar lo que ocurre empieza por reconocerlo. Hay una discusión. Hay cansancio. Algo nos duele. Una relación está cambiando.
A ese hecho podemos añadir una lucha: esto no debería estar pasando, tendría que sentir otra cosa, la otra persona debería comprenderme ya. Esa exigencia puede ocupar tanto espacio que dificulte percibir qué respuesta necesita la situación.
Reconocer lo que sucede no obliga a permanecer en ello. En la aceptación puede aparecer un límite, un no, una petición de ayuda o el movimiento de marcharnos. Podemos actuar para cambiar una circunstancia sin negar que esa es la circunstancia presente.
La apertura incluye el discernimiento. Sentirnos en relación con otra persona no significa estar disponibles para cualquier trato.
Tampoco necesitamos creer que cada acontecimiento sucede para enseñarnos algo. Podemos descubrir algo a través de una experiencia sin afirmar que era necesaria. Este momento, tal como es, constituye el lugar desde el que podemos percibir y responder.
La escucha plena
Apoya una mano sobre el muslo. Sin buscar nada especial, deja que el contacto se sienta.
Sabes que hay una mano y una pierna. Durante unos instantes no necesitas recurrir a ese conocimiento. Puede aparecer calor, presión o algo difícil de describir. Quizá surja enseguida una palabra. Puedes reconocerla sin dejar de sentir.
¿La palabra recoge todo lo que está ocurriendo?
No hace falta contestar. La pregunta puede dejar abierta la escucha.
Si aparece impaciencia, también está ocurriendo. Si intentas hacerlo bien, ese esfuerzo puede ser reconocido. Si no percibes nada particular, no necesitas fabricar una experiencia más profunda.
Escuchar plenamente significa no dar por terminada la experiencia porque ya la hemos identificado. Podemos conocer el nombre de algo y seguir disponibles para descubrirlo.
Esta disponibilidad alcanza también al sufrimiento. Si convertimos la madurez en la obligación de no sufrir, comenzaremos a rechazar aquello que contradiga nuestra imagen de una persona madura. La resistencia se habrá convertido en un nuevo motivo de lucha.
Presencia Biodinámica® · La madurez 3
Podemos reconocer que estamos resistiendo sin exigir que la resistencia desaparezca inmediatamente. La apertura no necesita esperar a que todo esté en calma.
En el encuentro con otra persona sucede algo parecido. Podemos escuchar sus palabras sin apresurarnos a decidir qué le pasa. Nuestro conocimiento está disponible, pero la persona sigue teniendo algo que mostrarnos. También podemos advertir cómo nos afecta el encuentro y responder desde ahí.
La expansión de la que hablamos se expresa en esta vida cotidiana: al escuchar, al trabajar, al discrepar y al cuidar. No requiere dejar de ser funcionales ni mantener una sensación especial.
Podemos decir «yo» y «tú», reconocer nuestras diferencias y asumir nuestras responsabilidades. Podemos pensar en mañana y atender a lo que sucede ahora. La vida no necesita quedar dividida entre los momentos de presencia y los momentos en los que tenemos cosas que hacer.
La madurez que investigamos en Presencia Biodinámica® permite que la mente adquirida encuentre su lugar en esa apertura. Saber sin darlo todo por sabido. Actuar sin exigir un control imposible. Dejar que lo vivido tenga la oportunidad de mostrarse antes de reducirlo a nuestra historia.
Amor,
Carles
Comentarios recientes