Conocerse uno mismo.

De todo lo cual pueda tomar consciencia no es lo que soy

  Los pensamientos, las sensaciones, las imágenes, y las percepciones están hechos de “mí”, pero “yo” no está hecho de un pensamiento, de una sensación, de una imagen, o de una percepción.  

  Cuando decimos “yo tengo 35 años”, estamos olvidando, pasando por alto o ignorando lo que   realmente somos y, en cambio, nos identificamos con un cuerpo, pensamos y sentimos que “yo”   soy idéntico a un cuerpo. Cuando decimos “yo estoy triste” estamos olvidando, ignorando o   pasando por alto lo que verdaderamente somos y, en cambio, creemos que somos un sentimiento limitado y temporal. 

  Cuanto identificamos ese “yo” con algo que no es él mismo, parece que nos estamos limitando a nosotros mismos, parece que perdemos la paz y el amor que es inherente al conocimiento de nuestro propio ser y, en cambio, parece que nos estamos convirtiendo en un ente separado y finito que comparte las limitaciones de la mente y el cuerpo. Y nos preguntamos por qué sufrimos y ese  “yo” temporal y finito que nos imaginamos ser, entonces lleva a cabo practicas espirituales pretendiendo desembarazarse de su sufrimiento.

  

Tarde o temprano nos damos cuenta que esas prácticas espirituales no funcionan, y en lo más íntimo de nuestros corazones todavía sentimos la soledad, la pena y el sentimiento de carencia. Nuestras prácticas espirituales no han ido al núcleo, al corazón del problema, aunque nos hayan   permitido gestionar el problema hasta un cierto punto. El corazón del problema es siempre el mismo: lo que consideramos como “yo”, lo que  pretendemos ser, lo que nos imaginamos ser;  todo da vueltas en torno a eso. Nada verdadero puede ser conocido a través de la mente, el cuerpo y el mundo hasta que conozcamos la naturaleza del que los conoce, quién en realidad eres. Incluso la física contemporánea reconoce esto. Hasta que la naturaleza del observador no es comprendida no podemos conocer nada verdadero acerca de lo observado. 

  Tanto si tomamos el camino de la espiritualidad como el de la psicología, de la filosofía o de la ciencia, tarde o temprano acabaremos en el mismo lugar y con la misma pregunta: ¿cuál es la naturaleza del “yo” que conoce mi experiencia? ¿Cómo podemos descubrir quiénes somos? ¿Vamos simplemente a pensar acerca de quiénes somos? Si pensamos acerca de quiénes somos sólo encontraremos la naturaleza de nuestros pensamientos, no encontraremos nada acerca de la naturaleza de ese soy.  ¿Qué es lo que podemos hacer para encontrar la naturaleza de ese “yo” que conoce? Lo aprendido es. Si queremos saber acerca de música prestamos nuestra atención a la música, si queremos saber sobre matemáticas prestamos nuestra atención a las matemáticas, si queremos conocer una lengua extranjera prestamos nuestra atención a esa lengua y si queremos saber sobre ese “yo”, prestamos nuestra atención a ese “yo”.

  Pero este “yo” que conoce, está demasiado cerca de si mismo como para girarse y alumbrar su atención sobre si mismo. De la misma forma que el sol puede iluminar sobre los planetas, pero no puede girarse para iluminarse si mismo, está demasiado cercano a si mismo.

  

  En otras palabras, conocerse a si mismo no requiere un reenfoque de nuestra atención, no es que dejemos de poner nuestra atención sobre un objeto para focalizarnos en otro objeto. Conocerse a si mismo requiere más bien la caída de la atención sobre si misma, una relajación de la atención.

  De hecho la palabra atención proviene de dos palabras latinas: “ad” y “tendere”. “Ad” significa hacia y “tendere” significa estirar. Entonces atención quiere decir: estirase hacia algo; podríamos decir, ¿estirar qué? Y, ¿hacia qué?.

 

  Conocerse uno mismo no es conocer algo nuevo, de hecho no es conocer algo; es permitir que la atención se relaje y vuelva a su fuente, adoptar la posición de puro conocer, pura presencia consciencia. 

  Todo lo que conocemos -aparte de conocer nuestro ser- requiere estirar la atención hacia un objeto, hacia algo que no es yo mismo y aunque todo aquello que es conocido no es yo mismo, el conocer con el cual es conocido el objeto, es yo mismo. Sea lo que sea que aparece en la película, no es la pantalla, y sin embargo la única sustancia presente en esa experiencia es la pantalla.

  En otras palabras decir: yo no soy nada, es cierto; y decir, desde otro punto de vista, yo lo soy todo, también es cierto. Lo que nunca es cierto es decir, yo soy algo en particular. 

  Toda nuestra búsqueda está basada en la creencia y el sentimiento de que soy algo separado.

  La forma de abandonar la búsqueda es descubrir: yo no soy nada; y, después, descubrir que esa nada es la sustancia de todo.

 Amor

Carles