Más historias.

Llevo diez minutos sentada frente a la pantalla. 
Veo surgir las palabras sobre el espacio blanco. 
Parpadeo, 
y  al abrir los ojos, ya no están. Permanezco en busca de lo que siento ahora. 
Y una y otra vez la palabra es vacío. 
Como si día tras día me estuviese despojando de las ideas de mi. 

Entonces pienso: hay angustia en mi. 
Y respiro. 
Quizás si algunas lágrimas se hicieran presentes algo me resultaría más sencillo… sobre todo más conocido. Vuelvo a respirar y abrazo la quietud. 
Y recuerdo a Carles: ¨estar quieto es no oponerse al movimiento¨. 
Y algo se torna infinitamente quieto aún cuando haya angustia en mi.
No. Definitivamente no me resulta sencillo poner en palabras lo que siento. 
No siento nada… eso fue lo que dije tras una de las últimas sesiones de biodinámica, mientras mi cuerpo temblaba. Mis dientes se golpeaban una y otra vez en una angustia feroz. 
Desde un espacio hondo, oscuro, casi sin aire, mis rodillas se clavaron en mi pecho. 
Un ovillo. 
Retazos de mi historia. Llanto con dolor. Oscuridad.
 Ir hacia adentro, ahí donde nada ni nadie pueda llegar… donde pueda no sentir nada… 
Muerta de miedo buscando ser vista en el fondo de la cueva… pretendiendo no sentir nada… 
Recién cuando en el círculo verbalicé ¨no sentí nada¨ recién ahí, cuando recordaba que mientras mi compañero tocaba mi pie, mi registro era ¨no siento nada¨. Recién ahí, recién ahora, recién comprendo lo que pasó.
Al regreso a casa, no salía de la sorpresa de haber pasado seis días de plena escucha. Seis días sintiendo. Seis días en los que pensar y sentir fueron una misma cosa. 
Escucha. 
Es curioso cómo 10 o 20 personas –desconocidas en su mayoría- pueden convivir en un mismo espacio,                       compartiendo el cuarto, compartiendo el baño, compartiendo ronquidos, compartiendo fastidios, sonidos, luces, olores, frío, calor… 
 Es maravilloso sentir cómo el grupo se abre, 
exactamente como se abre una flor a lo largo de los días… 
Digo: convivo con mis prejuicios.
Con esa primera impresión de grupo en la que en un pantallazo me molestan la mitad de los participantes, simplemente porque sí. Porque también me molesta tener que compartir el cuarto con desconocidos. Porque me molesta que tomen para hablar más o menos tiempo del que yo previamente les había asignado. 
Molesta… molestaba…
Y el grupo se abre, exactamente como se abre una flor.

La escucha. 
Sentarnos en círculo en completo silencio. Estar ahí. Abrir los ojos, mirarnos y escucharnos en un mismo acto. Atravesar entonces la experiencia de escuchar a Carles diciendo cosas que a veces incomodan. Aún cuando a veces ni siquiera nos demos cuenta. Me de cuenta.
Pelearme internamente con el maestro. Fastidiarme porque lo que dice es obvio o porque me golpean las contradicciones. 
Y después, escuchar uno a uno a cada compañero, con sus tiempos, con sus temas, que no son en principio, ni mis temas, ni mis tiempos. 
Hasta que todos son mis temas, en mi tiempo. Nuestros temas, en nuestro tiempo. 
Y puedo hacerle espacio al maestro que hay en mí. 

Y finalmente, estamos en familia. 
Experimento  la dicha de habitar y ser habitada por cada una de los seres con los que compartí. Cada uno. Porque cuando algo se expande, hay espacio para todo. Para todos. 

Y ya no hay otro. 
Y de la escucha, surge la escucha. La propia. La que va hacia adentro, y entonces puede ir hacia afuera.
En la camilla cada experiencia fue distinta. Así como temblé y pataleé, también permanecí en paz, en profunda quietud. Y también conviví con miles de pensamientos. Y me quedé pegada a mi historia. Abracé mi historia. Solté mi historia… 
Y a pesar de que cada vez fue diferente, hay en el vacío que sostiene cada sesión, -no importa lo que ocurra en el mientras tanto- un espacio que expande el ser. 
Un vacío que está aún cuando queramos creer que no está. 
Y se manifiesta, y se despliega, y abraza. 
Por un lado aparece la multidimensión -que me acompaña día a día-  la posibilidad de transitar por capas diferentes en el mismo instante. La apertura de la trama, de la matriz. La vincularidad que sostiene la existencia.
Y ya no hay tiempo. Y hay quietud. Hay ese espacio donde es imposible no reconocerse. Donde el cuerpo se entrega porque se sabe parte, 
porque se siente parte, 
porque es ese mismo vacío. Se reconoce en él y ahí puede fundirse, despojarse, 
y al fin, ser sin historias.
Hoy, sigo practicando. Caen los velos, uno tras otro, se desvanecen las identificaciones que hasta ahora me acompañaron obsequiándome la idea de seguridad. Pienso: seguridad en un padecer inagotable. Pequeño. Hasta dulce padecer… Digo: padecer…
Me escucho. 
Me leo.  Y me pregunto qué hacer cuando aflora a la consciencia este verme en un suceder interminable de pequeños sufrimientos… 

Entonces la inseguridad. Entonces confiar en el vacío. Entonces sentir cómo me expando e incluyo. Entonces… fluir con el universo sabiendo que soy mucho más que la pequeñez que encierra mi historia.

Y duele. Y también respiro y suelto. Y así liviana estoy bien.
Hoy transito este incluir aquello que me disgusta de mi. Estoy incómoda. Muy incómoda. Y también hay quietud en mi. Es simplemente observar eso que está ahí, sin hacer nada. Entonces lentamente pierde fuerza… eso estoy sintiendo… eso estoy viviendo… 
Es nuevo. Es molesto. Es maravilloso. Es estar presente. 
Intimamente agradecida.
Infinitamente agradecida.
A Carles por compartir aquello que lo convoca y lo expande. 
Por amar.
Y a cada uno de todos los presentes, por abrirse hasta el suceder del encuentro. (y acá me incluyo).
Y cerraría este relato con un audio. Sería la voz de Carles diciendo: ¨más historias¨
Gracias Lola 
Amor 
Carles